lunes, 9 de agosto de 2010

Águilas y gallinas

Pelar o desplumar significa literalmente quitarle las plumas a un ave, pero también significa (según la Real Academia Española), quitar los bienes a alguien y más específicamente dejar a alguien sin dinero.

Como nuestra psiquis utiliza a los símbolos como unidades conceptuales, acá tenemos algo que pensar sobre qué son las plumas para la psiquis humana.

Observe que en nuestra mente, están asociadas las plumas con los bienes, y especialmente con el dinero.

Observe también que a nadie se le ocurre pensar que cuando alguien dice «estoy pelado» —para significar «no tengo dinero»—, no se compara conscientemente con un pájaro.

Sin embargo tenemos todos los elementos para suponer (no asegurar), que inconscientemente, los bienes materiales son comparables con las plumas de un ave.

Por su parte, un experto en muchos temas, como lo fue el catalán Juan Eduardo Cirlot (1916-1973), en su ensayo titulado Diccionario de símbolos, señala que, los simbolismos referidos a las aves, aluden genéricamente a los aspectos espirituales del ser humano.

En una conclusión primaria, podemos decir —por simple deducción psicológica—, que si existe una expresión verbal que refiere a pelar o desplumar, alude (connota, sugiere, sobreentiende) a que alguien pierda su espíritu, su alma y más concretamente, que muera.

Por ejemplo, si oímos decir: «A Fulano lo desplumaron jugando al póquer», sobreentendemos que le quitaron todos los bienes, el dinero y que virtualmente quedó muerto (económicamente fundido, empobrecido, insolventado).

A partir de estos pocos elementos psico-lingüísticos, podemos construir muchas hipótesis que traten de explicar por qué alguien puede tener dificultades para ganar y retener el dinero.

Algunas personas admiran las aves. Entre estos, algunos valoran las plumas. En este segundo subgrupo, algunos asocian inconscientemente plumas con bienes materiales.

Ciertos integrantes de este tercer subgrupo, pueden querer volar alto (riqueza) o volar bajo (pobreza).

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La causa psicolingüística de la pobreza patológica

Entre los hispano-parlantes, estamos casi todos de acuerdo con que el color negro representa (simboliza) varias ideas negativas.

Me refiero a: muerte, luto, tristeza, noche, tiniebla, oscuro, pozo, inferior, pecado, delito.

Un objeto negro es visto así porque este color absorbe toda la luz que recibe. También podemos decir que es un no-color, porque efectivamente, no posee ninguno, en contraposición con el blanco que los contiene a todos combinados.

Desde este punto de vista, como también asociamos luz y color con vida, es lógico que interpretemos a la oscuridad y al no-color con muerte, duelo y
tristeza.

La psicolingüística es la ciencia que estudia los efectos psicológicos del lenguaje.

Utilizan varias hipótesis que parecen razonables y, sobre todo, explican ciertos fenómenos de forma más creíble que otras teorías.

Por ejemplo, las dictaduras prohíben la utilización pública de ciertos vocablos e imponen otros, porque esa administración del léxico favorece la conservación del poder.

En otro orden, oímos decir no-vidente en vez de «ciego», o persona con capacidades diferentes en vez de «mogólico», o daños colaterales en vez de «matanza negligente de civiles en una acción bélica».

Según los psicolingüistas, el lenguaje impacta de forma diferente en nuestra conciencia e inconsciente.

Un vocablo nos induce evocar ciertas ideas a nivel consciente, pero nos provoca una reacción igual, similar o diferente, a nivel inconsciente.

Por ejemplo, la palabra «piano», nos recuerda el instrumento musical, pero no podemos descartar la hipótesis de los psicolingüistas según la cual, en nuestro inconscientemente resuene como «no pía» e inmediatamente como «pollito muerto».

Si utilizamos estas ideas tan poco conocidas, podemos pensar la siguiente:

El vocablo dinero, nos evoca conscientemente valor monetario, billete, precio, etc., pero inconscientemente, puede resonar como

di-negro, es decir, «di muerte», «di luto», «di tristeza»

y, por esta causa, nos disgusta hablar de dinero.

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Pobres necesitados y ricos deseantes

Todos tenemos necesidades y deseos.

A los efectos de este artículo, nos alcanza con decir que una necesidad, es la carencia de cosas que son imprescindibles para la conservación de la vida (comida, abrigo, afecto).

Pero no puedo hacer lo mismo para definir qué es un deseo.

Parecería ser que el lenguaje no es tan eficiente para lograr una buena descripción.

Quien se expresara con estilo coloquial, diría: «No tengo palabras para explicar qué es desear».

Pero, dentro de tanta ineficiencia lingüística, algo podemos enunciar.

Los psicoanalistas amamos estudiar, discutir, opinar sobre el deseo.

Supongo que este gusto proviene de la propia dificultad, o porque constituye un desafío ideal para nuestra vocación, o porque imaginamos que nunca surgirá una respuesta que cancele las indefiniciones y por eso, con el deseo, nunca nos quedaremos sin trabajo.

Estamos casi todos de acuerdo en que el deseo es una rememoración de experiencias tempranas, en las que tuvimos satisfacciones tan intensas, que pretendemos repetir.

Las ganas de revivir aquellas sensaciones (ser mimados, protegidos, recibir regalos, sentir que estamos fusionados con el entorno, no tener responsabilidades, imaginarnos omnipotentes, poseer ideas mágicas), eso es desear.

Pero también están los derivados adultos del deseo infantil.

Uno de ellos es la codicia, el afán de tener más y más, sobrepasando el límite de lo realmente necesario para vivir. El esfuerzo por acaparar, acumular, ahorrar ilimitadamente.

Otra expresión adulta del deseo es lo que la moral católica denomina concupiscencia, que define como el apetito descontrolado de placeres pecaminosos (según la propia definición católica de lo que es pecar).

Entonces: Los pobres trabajan para cubrir sus necesidades vitales y los ricos empresarios —que las tienen sobradamente atendidas—, trabajan para satisfacer sus deseos.

En suma: la sociedad, como si fuera un individuo, trabaja para cubrir necesidades (pobres) y deseos (ricos).

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Club Goleadores de Fútbol

Al lenguaje humano, lo usamos como una herramienta o como un arma.

Lo usamos permanentemente para comunicarnos (herramienta), aunque suele ser usado para manipular, engañar, confundir (arma).

La política especializada en gobernar grandes colectivos (países, naciones, bloques, gremios), suele darse un nombre que procura sugerir alguna idea propagandística.

No conozco que existan instituciones partidarias que hayan elegido nombres como «Partido de los buenos» o «Partido de los mejores» o «Partido de los justos», porque tal grado de explicitación estaría demostrando, con excesiva claridad, cuál es la verdadera intención de sus integrantes.

Por el contrario, se han elegido nombres sugerentes, para que indirectamente se diga lo mismo, pero sin ser tan obvios.

Por ejemplo, «Partido Demócrata», «Partido Republicano», «Partido Socialista», «Partido Comunista», son denominaciones que pretenden sugerir la pureza de sus postulados, procuran hacer creer que son los legítimos (y por lo tanto, únicos) defensores de lo más esencial de la ideología que invocan en su denominación.

En otras palabras, el lenguaje usado de esta manera, intenta hacernos pensar que los únicos políticos con ideas democráticas pertenecen a ese partido y no a otro. Tratan de convencernos de que los comunistas, socialistas y republicanos, no aman la democracia, porque si la amaran, entonces serían del «Partido Demócrata».

Exactamente lo mismo ocurre con el «Partido Socialista» o cualquier otro que se autodenomine emblemáticamente, es decir, con una breve consigna que pretenda hacer pensar que «ellos —y sólo ellos— son los auténticos defensores de los valores que los identifican (democracia, comunismo, etc.)».

Como la mejor forma de esconder, es mostrar, quienes dicen ser los únicos y auténticos demócratas, comunistas o representantes exclusivos del valor supremo que sea, no son denunciados por su arrogancia e intención manipuladora, porque el descaro es tan grande, que no lo percibimos.

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La instalación de ideas refrescantes

Cuando compramos el equipo de aire acondicionado, llegaron los repartidores de la empresa proveedora y dejaron una cantidad de cajas cerradas en un lugar vacío que había preparado cuando sabía que vendrían.

Había mucho calor, el clima estaba molestándonos igual que siempre, pero ahora estaban esas cajas en un rincón del garaje, que habían sido compradas para disminuir la temperatura y la humedad del aire circulante en nuestra casa.

Los encargados de hacer la instalación nos habían agendado para un cierto día de la semana, a la hora 9:00 de la mañana.

Psicológicamente, creo que nos parecía que estábamos sufriendo el clima más que otras veces, aunque nuestra memoria nos decía que 35º de temperatura con 80% de humedad, era lo normal para esa época del año.

Finalmente llegaron los operarios, desplegaron sus herramientas, pidieron autorizaciones, anticiparon en qué consistirían las modificaciones del edificio, las perforaciones en las paredes, los cambios en la distribución de la corriente eléctrica y la incorporación de algunos desagües.

Pasaron las horas, aumentó el ruido, la cantidad de polvo volátil, las cajas fueron abiertas, salieron piezas envueltas en polietileno, amortiguadas por espuma rígida, estuches desechables y todo empezó a tomar la forma que habíamos pre-visto según lo que ya conocíamos y según las informaciones de los trabajadores.

Terminaron, probaron, aprobaron, pidieron una firma de conformidad, otros limpiaron, quedó nuestra casa con un artefacto que larga aire frío y retira la humedad ambiente.

Almorzamos algo muy simple, pero con una sonrisa de satisfacción.

Las personas poseemos lo que nos hace falta para tener una buena calidad de vida, pero suele ocurrirnos que nos falta saber cómo se ensamblan esas ideas para que funcionen.

Un psicoanálisis consiste en eso: exponemos nuestras ideas (cajas cerradas), para que el analista nos ayude a ordenarlas y funcionen (instalación).

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sábado, 17 de julio de 2010

«Me confirmó lo que yo temía»

Hace un tiempo atrás (1) les comentaba que el lenguaje también está presente cuando de ciertas cosas se habla poco o nada.

Se habla de las transgresiones de la prohibición del incesto que cometen algunos padrastros, pero no se habla de los propios deseos incestuosos.

Se habla de economía hasta el cansancio, pero no se habla del sorprendente pudor que tenemos para tratar los asuntos de dinero cada uno de nosotros.

El tema del que no hablamos, se convierte en misterioso, perturbador, temible.

Por este efecto, el silencio sobre los asuntos de los que no se debe hablar, se convierte en un mensaje lingüístico por omisión.

Es decir, la falta de discurso genera en nosotros sensaciones de que se nos está diciendo algo, tan importante y trascendente, que no se puede ni mencionar.

Conocemos el consejo que dice: «ante la duda, abstente».

En otras palabras, cuando no sepas qué hacer, no hagas nada.

También podría decirse así: «si tienes dudas, paralízate».

Hay personas expertas en el arte de dominar (¿paralizar?) por medio de la intriga.

Esta consiste en maniobras cargadas de significados confusos, ambiguos, ocultos, misteriosos, sugerentes, con muchos gestos que podrían significar cualquier cosa menos algo tranquilizador.

Las víctimas de una intriga son personas con un miedo especial a perder (la vida, la salud, seres queridos, tranquilidad, riqueza) y que tienen una visión pesimista de la realidad.

La falta de discurso explícito, activa esas ideas negativas que poseen.

Las personas intrigantes manipulan casi exclusivamente a los pesimistas porque, al presentarles un discurso hueco, carente de contenidos explícitos, estimulan la aparición de esas ideas negativas, pero como si fueran dichas por el intrigante.

El insidioso intrigante induce al pesimista para que confirme los temores que lo atormentaban y se hace pasar por el salvador a quien deberá obedecer.

(1) Esta “cosa” me provoca “cosa”
De eso no se hable

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Las palabras son parte del viento

Millones de personas recordaron durante años, qué estaban haciendo cuando se enteraron del asesinato de John Kennedy (1917-1963) (imagen).

Las personas que eran jóvenes o adultas en 1963, escucharon o leyeron un conjunto de palabras que transformaron sus cerebros.

Casi todas las técnicas terapéuticas utilizan algún específico, algún producto químico, que se ingiere como un alimento más y que —a veces y en ciertas personas—, es capaz de provocar cambios saludables (antibióticos, homeopatía, herboristería).

Todos los estímulos son transformadores de nuestro cuerpo, pero sólo unos pocos poseen tal magnitud como para reconocerles esa característica. La noticia del magnicidio (asesinato de un gobernante) la tuvo y por eso tantas personas recordaron qué hacían cuando la recibieron (rindiendo examen, viajando, haciendo una visita).

También son sensaciones transformadoras los consejos de nuestros educadores, lo que soñamos, la poesía de una canción, una mirada, un silencio, una caricia.

La modificación anátomo-fisiológica (del cuerpo y su funcionamiento) que producen los medicamentos, suele ser más visible porque su ingestión está precedida de un acto médico, una expectativa nuestra como consultantes, una sugestión (la publicidad, nuestro deseo, la esperanza con que nos alienta el facultativo), además de que la tomamos con el deliberado propósito (intención) de mejorarnos, aliviarnos, recuperar la salud.

Cada palabra, frase, oración, refrán, advertencia, ... son significantes, es decir, generan en nosotros un efecto de significación.

El efecto de significación es el resultado de una transformación anátomo-fisiológica que puede llegar a cambiar también nuestra actitud, nuestra conducta, nuestro estado de ánimo, el ritmo cardíaco, la cantidad de azúcar en la sangre, un calambre y un interminable etcétera.

Somos parte de los fenómenos naturales (viento, germinación, parasitismo, fases lunares, epidemias, sequías, etc.), y las palabras que oímos, leemos, pensamos o soñamos, también son fenómenos naturales, transformadores de los seres humanos y de algunas mascotas.

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