domingo, 4 de noviembre de 2012

Los intentos destructivos de los educadores



   
Cuando vamos a capacitarnos sentimos fuertes resistencias interiores porque los  educadores intentan destruir creencias que amamos porque son producciones nuestras.

Es posible afirmar que «la ignorancia», entendiendo por tal el desconocimiento absoluto de todo, NO EXISTE; lo que sí existe es la «ignorancia», entendiendo por tal lo que nos dice el diccionario (1), esto es: el desconocimiento de cuestiones científicas, artísticas, de la ley, de noticias de intereses colectivo.

Me permito agregar otro desconocimiento esencial: la ignorancia también suele ser ignorada, como parte de un círculo vicioso que intuitivamente podemos comprender.

Acá puedo usar una frase en la que se nota cuán importantes son los tildes que solemos ignorar. La frase dice:  «Si no sé que ignoro, no sé qué ignoro», es decir, si desconozco mi falta de conocimientos, no puedo saber qué me falta conocer.

En nuestro idioma también existe la expresión «ignorancia supina», que refiere al desgano de quienes no quieren enterarse de lo que deberían saber.

En el video asociado a este artículo les comento que aprender no es algo tan sencillo como suele pensarse. Los responsables de nuestra educación toman muy a la ligera los factores emocionales que se alteran cuando alguien pretende decirnos algo diferente a lo que ya pensábamos.

Me parece importante estar enterados de que en nuestra mente no existen lugares vacíos en los que puedan agregarse conocimientos como si se tratara de un espacio disponible.

La mente humana sufre de vértigo, tiene mucho miedo al vacío y cuando algo no lo sabe (hueco, curiosidad, ansiedad), antes que averiguarlo, lo inventa.

Cuando nos dedicamos a estudiar y a capacitarnos en destrezas que puedan ser contratadas por el mercado laboral, encontramos necesariamente fuertes resistencias interiores para realizar esas tareas, porque en gran medida los educadores intentan destruir creencias que amamos porque son producciones nuestras.

 

Sobre certeza, seguridad y riesgos



   
La ciencia nos da esperanza de que algún día podremos estar seguros de la verdad y de todo riesgo.

Cuando alguien dice «estoy seguro», está expresando dos ideas bien diferentes: 1) «Sé de lo que estoy hablando, lo que digo es exactamente así, no tengo ninguna duda» y 2) «Estoy a salvo, no corro riesgos, estoy totalmente protegido».

A partir de esta confusión, solemos tener las fantasías de que:

— «el saber nos salva»;
— «la verdad, no solamente existe sino que al poseerla terminan nuestros temores a los peligros»;
— «conocer la verdad es cuestión de vida o muerte».

Quienes están poseídos por esta confusión derivada de una ambigüedad lingüística (confusión entre certeza y seguridad), es probable que se dediquen a estudiar alguna ciencia así como es probable que huyan de cualquier disciplina intelectual que prescinda de esa búsqueda afanosa de «la verdad».

Para ganar dinero con seguridad, tenemos más dificultades que para ganar dinero estando atentos a una realidad cambiante y bastante imprevisible.

Efectivamente, a la certeza se la asocia con el razonamiento, las comprobaciones objetivas, con el positivismo (creencia filosófica según la cual el método científico es el único válido para conocer la realidad).

Sin embargo, no siempre es posible entender los fenómenos humanos mediante la metodología experimental científica pues algunos fenómenos sociales no pueden reproducirse artificialmente en un laboratorio y, en otros casos, experimentar con seres vivos requiere de una crueldad que los derechos humanos universales no permitirían.

Aunque el «sueño de la verdad propia» alienta a muchos humanos que confían en que existe el conocimiento seguro que les dé seguridad completa (ausencia de incertidumbre), no parece posible en los hechos.

Por el contrario sigue siendo más confiable (aunque no tan seguro como anhelan quienes necesitan vivir sin correr riesgos), autoconocerse para empatizar con quienes haremos negocios rentables.

(Este es el Artículo Nº 1.719)

La agresiva frustración juvenil



   
Las manifestaciones agresivas de los jóvenes contra los adultos, no son nada personal sino fenómenos naturales adversos transitorios.

Para todos es difícil ganar dinero en relación de dependencia porque nuestro empleador nos pedirá esfuerzos molestos, irritantes, definitivamente dolorosos.

Soportar pacientemente estas demandas justifica parte de la remuneración que recibimos.

Por supuesto que la paga también está justificada porque le entregamos al patrón algún bien, servicio o trabajo que para él son valiosos, útiles, necesarios.

El empleado que trabaja a regañadientes siente que soporta todos los malestares porque le pagan y no asocia con tanta nitidez la producción que está entregando. Le molestan más las imposiciones disciplinarias, (horarios, procedimientos, obediencia), que el esfuerzo físico del que rápidamente se recupera con unas pocas horas de sueño, mientras que la dignidad herida parece no cicatrizar nunca.

Los hogares de los jóvenes son un poco parecidos a su lugar de trabajo cuando los padres tienen la paciencia de pedirles colaboración (tender la cama, higienizar el dormitorio, hacer compras).

El natural malhumor de los adolescentes se exacerba por este tipo de malestares: tener que cumplir órdenes, hacer lo que otros le mandan, cansarse en beneficio ajeno.

Los jóvenes carecen de un buen desarrollo lingüístico y por ese motivo no tienen otro remedio que aliviar su frustración mediante actos físicos más o menos destructivos.

Los jóvenes también carecen de autocrítica y conservan un narcisismo mal controlado dada la escasa maduración de su personalidad.

Tanto en la casa como en su empleo suelen exhibir su malestar con actitudes que expresan una fuerte recriminación a quienes, según él, son los agresores, los causantes, los culpables de tanto sufrimiento.

En general estas conductas son inevitables, duran un tiempo pero finalmente se apaciguan. Padres y empleadores necesitan desplegar su paciencia, pues no son nada personal sino fenómenos naturales adversos transitorios.

Otras menciones del concepto «fenómenos naturales»:

             
(Este es el Artículo Nº 1.700)

 

La utilidad de la obsesión normal



   
La obsesión normal nos aporta la capacidad de hacer observaciones minuciosas, útiles en variadas profesiones y especialmente, en psicoanálisis.

En otro artículo (1) hice referencia al temperamento obsesivo normal, diferente del Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), que prácticamente esclaviza a quienes lo sufren, obligándolos a detenerse exageradamente en rituales, repeticiones y detalles minuciosos.

Algunas de mis tantas pasiones son: la mitología griega, la literatura universal, la historia y el psicoanálisis.

En la mitología griega tenemos a Pigmalión, rey de Chipre, que buscó infructuosamente la mujer perfecta para casarse con ella, y como si fuera hoy en día, por supuesto que no la encontró. Desilusionado, se dedicó a la escultura y así fue como llegó a construir una imagen perfecta, a la que llamó Galatea, de la cual se enamoró y, gracias a la colaboración de la diosa Afrodita, la estatua cobró vida y por eso el exigente rey pudo casarse.

El mito de Pigmalión y Galatea dio origen a muchas obras. Las más conocidas se llaman Pigmalión y My fair lady.

La primera, escrita por George Bernard Show, cuenta la historia de un lingüista inglés quien, valiéndose de su elevada capacidad de observación, podía saber en qué barrio vivía cada londinense tan son oyendo la fonética de su habla.

Unos años antes, también en Inglaterra, habían aparecido las fascinantes aventuras de Sherlock Holmes (narradas por Sir Arthur Conan Doyle), quien valiéndose de su elevada capacidad de observación, llegaba a descubrir el autor de los crímenes orientándose por indicios que cualquier habría pasado por alto.

Más o menos en esta época y lugar, Sigmund Freud inventó el psicoanálisis valiéndose de su elevada capacidad de observación, pues este arte científico se vale de observar indicios lingüísticos que normalmente cualquiera pasaría por alto.

Como vemos, la obsesión normal, (observación minuciosa), da sus frutos.

 
(Este es el Artículo Nº 1.715)

Novedosa política de RR.HH.



   
En la empresa donde trabajo somos once: el dueño, el hijo y nueve empleados.

A uno de ellos tuvieron que darle una licencia psiquiátrica de seis meses, por eso los dueños decidieron contratar un sustituto eventual.

La empresa que envió a ese sustituto nos mandó a una mujer, de aproximadamente 30 años, piel color té con leche, un metro setenta de altura, rostro intrascendente, casi inexpresivo, ojos grandes color café, vestida con ropa muy holgada, zapatos bajos, parecidos a los que usan las bailarinas de ballet.

Inmediatamente hablamos con los dueños para decirles que eso no podía ser, que una mujer entre nosotros complicaría el clima laboral, resintiendo la productividad, porque es sabido que las mujeres tienen puntos de vista diferentes, viven tratando de que las cosas se resuelvan con su escaso criterio, tienen necesidad de un baño especial, no aceptan cualquier silla, tampoco se puede usar el lenguaje habitual y una cantidad de otros inconvenientes por todos sabidos.

Sin embargo la mujer, que seguramente notó el clima de hostilidad con el que fue recibida, se comportó como si ninguno de nosotros existiera. Asumo que fue la primera vez en mi vida que alguien me ignoró con tanta eficacia.

Mejor dicho, al hijo del dueño lo ignoró un poco menos que a los demás. El señor «Bueno para nada», así rebautizado por sus colaboradores, tampoco le prestó atención a la exótica.

Como a la semana de estar soportándola, dos de los muchachos quisieron conseguir su propia licencia psiquiátrica, pero tuvieron que arreglarse con tratamiento ambulatorio a base de aspirinas.

Corrió el rumor de que el señor «Inútil» (apodo cariñoso del señor «Bueno para nada»), se veía con la nueva fuera del horario. No le dimos trascendencia porque según nuestro propio diagnóstico, el muy infeliz quizá fuera gay.

Lo cierto es que a dos meses de contar con la intrusa, el «muy tarado» empezó a interesarse por las cosas de la empresa y hasta nos daba órdenes a los que realmente sabíamos del negocio.

Para cuando se esperaba el reintegro del compañero enfermo, el «maldito estúpido» nos hacía trabajar más que el viejo.

Llegado el momento, el hombre se reintegró (algo convaleciente), la aventurera se fue y todo quedó peor que antes, con un régimen laboral patentado por alguna cárcel turca.

En una cena de camaradería, el paciente psiquiátrico bebió de más y confesó que en realidad el viejo le había pagado una licencia para que viniera la morocha, quien se llevó a la cama al señor «Bueno para nada» para convertirlo en varón, hombre o tirano, dado que el veterano estaba harto de trabajar y quería jubilarse.

(Este es el Artículo Nº 1.724)