sábado, 8 de noviembre de 2014

Oh, estos rusos



 
El uso del lenguaje participa, no solo en la comunicación sino también en la aceptación o rechazo del hablante. En este relato de ficción se plantea una situación irreal pero metafórica de ese rechazo a quien habla o escribe de forma diferente.


Estuvieron varios meses planificando el viaje a Rusia. Después de un tiempo alguien dijo:

— ¡¡Pero, che, es más divertido planificar un viaje que hacerlo, jajaja!!

Todos rieron a coro porque pensaban lo mismo. Además, las abundantes cajas de pizza y de cerveza que consumían mientras planificaban el viaje eran mucho más baratas que el pasaje aéreo, los impuestos, el hotel, los taxis...

Mariana estaba particularmente entusiasmada porque ella adoraba Rusia, su gente, su historia, la arquitectura, el arte, los siglos de gobiernos totalitarios, el sufrimiento del pueblo, el frío confabulado con el hambre. Los rusos, para ella, eran el mejor ejemplo de resiliencia, de acero humano que se endurece con el batir de las peripecias.

La muchacha había llegado al extremo de estudiar el idioma como para leer los cuentos folclóricos en su versión original. Los otros tres confiaban en ella. En cuestiones de movilidad y de comunicación, Mariana sostenía un liderazgo discreto, sin imponerse, pero era obvio que la muchacha tenía las respuestas a la mayoría de las preguntas. Parecía Wikipedia.

Cuando terminaban cada reunión, ella y su compañero se iban a la cama a seguir conversando, muchas veces sin lavarse los dientes.

Mariana amaba a Iván. Él no se hizo un tatuaje para reafirmar su amor: se tiñó el cabello y la barba de un color caoba rojizo porque para ella así eran los rusos más adorables.

El viaje comenzó. Salieron los cuatro desde el aeropuerto de Carrasco (Uruguay). La amiga, muy aprensiva, consideró que el clima oscuro era de mal presagio, pero la única fecha en que podían viajar coincidía con un eclipse casi total de sol. Nadie le prestó atención a ese fenómeno cosmológico, pero la muchacha estuvo a punto de arruinarles el viaje con alguna actitud negativa. Finalmente partieron.

Cansadísimos por tantas horas de vuelo, llegaron a Moscú. La oscuridad era similar a la de Uruguay, el aire estaba frío, pero el humor y los abundantes preparativos les aportaron el buen ánimo que la situación requería.

Subieron a un taxímetro. Iván y el otro joven no paraban de hablar, de hacerse bromas. El conductor, sin mirarlos, extendió una mano enguantada como para que le dieran por escrito la dirección del hotel al que tendría que llevarlos.

A poco de salir de la zona les extrañó que nadie anduviera por las calles. Tampoco había vehículos, ni circulando ni estacionados. Tampoco sabían si estaba amaneciendo o anocheciendo. El coche avanzaba con cierta velocidad, tomando giros un poco bruscos. Los muchachos sintieron un ambiente opresivo. La más temerosa quedó pálida, la otra parecía tranquila.

Llegaron al hotel, se bajaron. Mariana se acercó al chofer para pagarle y se dio cuenta que este no estaba. El corazón se le congeló. Para no alarmar a los compañeros, dijo algo en ruso y entonces la imagen del chofer de guantes se le apareció completamente nítida. Le preguntó por el valor del viaje mostrando unos cuantos rublos, el hombre dijo un número, ella pagó.

Al intentar trasponer la puerta del hotel algo los detuvo con firmeza. Mariana dijo: «Buenos días», en ruso, y un botones ganó nitidez de forma casi inmediata, respondió el saludo y los dejó ingresar.

La situación se repitió constantemente hasta que regresaron.

Iván resumió la experiencia diciendo entre risas:

— Para estos tipos, si no hablás en ruso, no existís.

(Este es el Artículo Nº 2.243)

Significante Nº 1.980a




El Universo es un libro escrito en lenguaje matemático del que una mayoría preferimos ser analfabetos.

viernes, 3 de octubre de 2014

Significante Nº 1.953b




Quien pierde su juventud estudiando otro idioma nunca tendrá el dinero suficiente para contratar traductores de cualquier lengua.

Significante Nº 1.950




Los humanos son los únicos mamíferos que salen del líquido amniótico y caen en un caldo de palabras que llamamos lenguaje.

La seducción de Mariana



 
Los débiles son los más fuertes cuando están alineados con la naturaleza, pero son los más débiles si se dejan llevar por los prejuicios culturales.

Mariana sedujo a Julio espantándose.

Julio había estudiado en Francia, o por lo menos eso fue lo que su padre estuvo pagándole a lo largo de cinco o seis años.

Lo que no podía dudarse es que el muchacho-casi-adulto vestía muy bien.

Quien tuviera oído musical podía darse cuenta que emitía sonidos franceses, aunque no se conocía a alguien que pudiera evaluar la corrección gramatical en ese gangoso idioma.

Pero a los efectos de lo que les contaré, no importa si Julio había aprovechado bien lo que se gastó en su larga estadía fuera del país.

Como dije al principio, Mariana lo sedujo porque al verlo en la calle brincó hacia un costado y se refugió apretándose contra la pared.

Él la miró divertido. Una mueca elegante movilizó el fino bigote, maximizó su glamur levantando una ceja. Mariana se apretó aun más contra la pared, se tapó la boca como para no pedir auxilio, pero Julio siguió caminando. Hubiera sido inadecuado que se detuviera ante aquel gesto de la muchacha. Mejor dicho: nunca antes le había ocurrido algo así y tampoco nadie lo había instruido sobre cómo reaccionar ante una mujer inexplicablemente asustada.

Pero usted ya lo sabe: Mariana sedujo al casi adulto. Esto quedó en evidencia por cómo la imagen y la situación habían impregnado la mente masculina.

La Naturaleza hizo que, cada uno a su modo, tratara de pasar nuevamente por ese lugar y a la misma hora. Esta predeterminación hormonal no tardó en dar resultado.

La chica ya no se asustó; todo su atuendo había sido seleccionado para atraer al caballero y él, enterado sí de que debía tomar la iniciativa de hablarle, le dijo: «Buenos días», como si los miles de euros gastados en enriquecer su lenguaje se hubieran evaporado.

En el tercer encuentro casual y programado, ella se le acercó y lo miró acariciándole la solapa del impecable saco de tela costosísima. Él sintió algo en las rodillas que lo llenó de preocupación. ¿Por qué esa repentina debilidad? ¿No era el varón quien debía tocar primero a la dama? ¿Por qué ella parecía tan natural y él se sentía tan inseguro?

Este tercer encuentro ocurrió en un mediodía otoñal de la peatonal José Mujica, justo cuando una obra en construcción recomenzaba su estruendosa emisión de ruidos.

Mariana le acarició la mejilla y se puso en puntas de pie para besarlo en la boca. Él tuvo que recordar un par de clases de yoga para evitar caer de rodillas.

Recobró el coraje viril respirando profundamente pero sin exhibir la falta de aire. La besó y abrazándola por los hombros, comenzaron a caminar en la dirección que ella traía cuando se encontraron. Para seguir buscando el esquivo control, el hombre comenzó a hablarle. Ella lo acariciaba y le sonreía. Entraron en la pensión donde Mariana vivía, retiraron la llave que la regenta guardaba en el bolsillo de su delantal y fueron a la habitación donde ella lo poseyó sin perder la actitud sumisa.

Él la presentó a su familia cuando pudo asumir que la mujer de su vida era prostituta y muda.

(Este es el Artículo Nº 2.237)