viernes, 28 de mayo de 2010

Los hijos asalariados

Vamos a suponer por un momento que el desarrollo intelectual es algo que beneficia a nuestra especie.

No lo planteo como una certeza porque realmente no la tengo. Sólo sé que a mí me parece bueno hacerlo, pero reconozco que es un gusto personal compartido por muchos, pero no necesariamente debe ser el objetivo de todos.

El desarrollo intelectual incluye el acceso al pensamiento abstracto (entender ideas como libertad, amor, belleza) y contar con la función simbólica (sobre todo en el uso experto de por lo menos un idioma).

Como una consecuencia de ese desarrollo, el individuo puede hacer uso de la sublimación que consiste en que ciertos deseos pueden satisfacerse indirectamente.

El ejemplo más notorio refiere a la prohibición del incesto: quien puede sublimar se sentirá satisfecho formando una familia con una persona ajena a la familia.

No todos los que respetan la prohibición del incesto lo hacen porque subliman. Muchos lo hacen por temor a la sanción legal y social.

Otro beneficio de sublimar es canalizar la sexualidad reproductiva sin necesidad de tener muchos hijos. Por ejemplo generando riqueza para ayudar a los niños en situación de pobreza, o con un emprendimiento que le dé trabajo a otros (como si sus empleados fueran hijos), o a realizar obras de arte, máquinas, soluciones de diferente orden (político, social, técnico).

En suma: con el desarrollo intelectual que permite sublimar es posible satisfacer el deseo sexual re-productivo mediante una actividad productiva. Por el contrario, quien no puede sublimar necesita tener muchos hijos que quizá no pueda mantener.

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miércoles, 19 de mayo de 2010

Ciudadanos con cadena y bozal

En un artículo de reciente publicación con el título Los profesionales no desean decía que la sociedad nos prefiere sumisos, obedientes, previsibles.

Les contaba ahí que la palabra deseo proviene de la astrología, en tanto se pensaba que eran las estrellas (con su influencia gravitacional o con alguna otra energía de constatación menos científica) las que imponían las normas de buen comportamiento.

Un ciudadano es considerado en dos sentidos:

1) Cuando respeta las normas («Fulano es muy considerado porque tiene en cuenta los intereses ajenos»); y también

2) Cuando es respetado por los demás («Fulano es considerado un ciudadano ejemplar»).

Copio y pego un párrafo del artículo mencionado, porque explica todo esto:

«La palabra sidus en latín significa estrella. La palabra con-siderar originariamente significaba «ser guiado por las estrellas» y de-siderare luego se convirtió en desear y significaba «NO ser guiado por la estrellas».»

Como todos deseamos que los demás no nos molesten, preferimos y hacemos lo posible para que todos (excepto uno mismo) cumplan el deseo colectivo (las leyes, normas, costumbres, prejuicios, creencias, reglamentos) en desmedro de su propio deseo.

Dicho de forma más cruda: «Quiero ser el único que satisface sus deseos y que los demás no me molesten cuando satisfacen sus deseos».

La sumatoria de estos deseos personales (individuales, mezquinos, egoístas), conduce a que cada uno quiere que los demás sean considerados, que cumplan (ellos, los demás, la gente) las normas... que ya estaban, que otros pusieron, que las estrellas indican.

En suma: los severos defensores de la ley y el orden (del sistema, del stablishment, de la tradición) desean no ser molestados, quieren a todo el mundo obediente, que renuncien (repriman) a sus desagradables deseos personales, para gozar la libertad de hacer lo que quieran.

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domingo, 16 de mayo de 2010

Esta “cosa” me provoca “cosa”

El hijo que pierde a sus padres, es huérfano y el padre que pierde a su hijo, es ... ¡No tenemos un vocablo para designar a quien padece uno de las peores tragedias que nos pueden ocurrir, cual es soportar el fallecimiento de un hijo!

En un terreno menos doloroso, tenemos muchos vocablos para hablar de sexo pero, mayoritariamente, las personas hablamos muy poco de esa función esencial, natural e imprescindible (para la conservación de la especie).

La función del habla tiene más de un objetivo. El más evidente, es el de comunicarnos. También lo usamos para ordenar nuestro pensamiento con la estructura gramatical que poseen los lenguajes.

Existe una utilidad menos conocida aún. Me refiero a representar las ausencias angustiantes.

Por ejemplo, si ahora evoco el nombre de una persona amada, aliviaré la angustia que me causa su ausencia.

Tan importante es esta función del lenguaje, que en algunas épocas y culturas llegó a prohibirse darle nombre a ciertas divinidades.

Los innombrables son aquellos personajes ideales que merecen tanta veneración, que ni siquiera se les puede dar un nombre, ya que dárselo, equivaldría a una forma de disponer de ellos, permitiría evocarlos sin el debido respeto, personas de cualquier rango social, podrían vincularse con él inmerecidamente (un no religioso, por ejemplo).

No faltan quienes llegan a decir que «la palabra mata a la cosa nombrada», exagerando de esta forma su valor representativo (por ejemplo, la palabra «vaso», representa al recipiente de vidrio) y lo que dicen estos extremistas es que, en la mente de algunos, la palabra es idéntica al objeto (persona o idea) que representa.

Como usted ve, hay varias ideas sobre las palabras y su utilidad.

Por alguno de estos motivos, quienes más veneran, idolatran, temen y admiran el dinero, se avergüenzan cuando hablan de él.

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lunes, 10 de mayo de 2010

Los profesionales del enema

Con algo de sentido del humor, alguno ya dijo que los humanos no hablamos sino que somos hablados.

El psicoanálisis es una arte-científico antipático, entre quienes necesitan tener la sensación de que controlan sus vidas como quien conduce un vehículo: avanza, se detiene, gira a la derecha, acelera, empuja, embiste.

El psicoanálisis es simpático, entre quienes creemos que somos una hoja en el viento, incapaces de controlar lo que nos sucede porque estamos determinados (gobernados, dirigidos) por causas que no podemos manejar.

Cuando algún simpatizante del psicoanálisis dijo que «somos hablados», estaba dejando en evidencia que esa acción —casi automática— (hablar) expresa ideas diferentes a las que creemos tener.

Veamos algunas palabras que usamos sin pensar en lo que significan:

Vilindigno, despreciable, poco confiable.
Servil – humilde, rastrero, que sirve con descuido.
Ser vil – ser indigno, ser despreciable, ser poco confiable
Servicial – que sirve con cuidado, (y también significa) enema (lavativa).

Con estos ingredientes, armaré una idea que puede ser interesante.

En el sistema en el que vivimos casi todos los hispanos-parlantes, se dice que para ganar el dinero suficiente, tenemos que ser serviciales pero no serviles.

Dicho de otro modo: el capitalismo requiere trabajadores (empleados o empleadores) que NO sean serviles (ser-viles) porque estos, si bien son humildes, adolecen de ser rastreros, indignos, despreciables y poco confiables.

Por el contrario, el sistema requiere trabajadores (empleados o empleadores) que sean serviciales, es decir que sirvan con cuidado.

Y termino con lo más curioso (llamativo, extraño).

El psicoanálisis sabe (cree, supone, asegura que) el dinero simboliza las heces (el excremento fecal, la caca).

El vocablo «servicial» significa «enema» (lavativa, líquido que se introduce por el ano para descargar el intestino).

En suma: el lenguaje «confirma» que alguien «servicial» obtiene (cobra, recibe) dinero (heces, caca).

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domingo, 9 de mayo de 2010

El lenguaje del Tercer Mundo

Si «la unión hace la fuerza», entonces podemos afirmar que «la desunión hace la debilidad».

Nuestra madre patria es un país enemistado consigo mismo.

Durante siglos ha tenido peleas internas que generaron desconfianza entre los españoles, a diferencia de otros países igualmente imperialistas, pero que lucharon contra extranjeros, reforzando la solidaridad entre los ciudadanos.

Los hispano-parlantes tenemos una mamá muy complicada, que no se entiende con ella misma y aún hoy (año 2010) tiene poblaciones enteras que desearían formar un país independiente —apelando inclusive al terrorismo—, porque no se sienten españoles.

En la eterna duda sobre qué fue primero —si el huevo o la gallina—, no descartaría la hipótesis de que la estructura gramatical de nuestro idioma fuera una causa de esa desconfianza que nos desune.

Somos amistosos, cálidos, divertidos, buenos amantes, pero cuando tenemos que ponernos a trabajar, arriesgar, estudiar, crear, nos cuesta hacerlo en grupos.

Nuestras familias son muy unidas, nuestras madres son protectoras, pero nos cuesta confiar en los que no son de la familia.

Casi todos los hispanos somos del Tercer Mundo y si la misma España no lo es, quizá sea porque está en un continente donde la Unión Europea, cobija a países tan eficientes como son Alemania, Francia y el Reino Unido y a países tan ineficientes como son Portugal, España y Grecia.

En suma: el tercermundismo (escaso desarrollo económico, social, tecnológico) puede ser una condición vinculada a la estructura gramatical (y por lo tanto, psicológica) de los hispanos.

Como simple anécdota, les comento que la histórica residencia de la Familia Real Española, se llama El Escorial (imagen).

Desde principios del siglo 17, fue considerado la octava maravilla del mundo y sin embargo, en nuestro idioma, el vocablo «escorial» significa «basural».


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jueves, 6 de mayo de 2010

Nuestra vida g(d)ramática

Hace años hice un curso para mejorar la memoria.

Sin pensarlo, pagué la matrícula cuando vi la demostración del vendedor.

De espaldas a un pizarrón, nos pidió a los concurrentes que dictáramos palabras.

En pocos minutos logramos una larga lista: mono, veladora, helado, ligero, fútbol, etc., etc.

Una vez escrita la lista de 100 vocablos, el vendedor nos dijo que estaba en condiciones de recordarlos en cualquier orden.

Para sorpresa de todos, así lo hizo: de adelante hacia atrás, de atrás hacia adelante, comenzando por la vigésima palabra, etc.

Usted comprenderá ahora por qué no dudé en pagar lo que hiciera falta para adquirir esa increíble destreza.

Claro que cuando la explicaron, sufrimos una cierta desilusión: no había nada de magia sino un método muy simple.

El memorioso no hizo otra cosa que construir un relato en el que «un mono» encendía una «veladora» con una mano y sostenía un «helado» con la otra. Un niño travieso se le acercó muy «ligero», intentó robárselo cuando se distrajo mirando en la televisión un partido de «fútbol», etc.

Muchos años después me enteré que nuestra memoria funciona de esta manera.

Creemos que esta función es como una grabadora que acumula sensaciones (imágenes, sonidos, olores) para luego reproducirlas: evoco mi primer día de escuela, cuando llegamos a Disney Word, la cara de mi abuelo cuando le festejamos los 70 años, ...

Según los expertos en memoria, ésta no funciona así: permanentemente está construyendo relatos coherentes en los que se insertan imágenes, sonidos, olores, sentimientos, escenas de algún sueño.

Ese relato es como una larga novela en la que participan varios personajes, tiene un argumento y un cierto clima (triste, agitado, optimista, próspero, decadente, mágico, esperanzador) que depende de nuestro ánimo.

Esta novela organiza nuestra vida mental, aportándole la coherencia propia de la gramática.

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martes, 4 de mayo de 2010

«¡Por supuesto, mister!»

«Querida mía, quiero casarme contigo aunque tendría que hacerte un pedido especial:

»Tu te llevas de maravilla con tus padres y hermanos, adoras el tenis, eres una buena militante política y tus ingresos económicos son muy importantes.

»En todo, eso somos iguales.

»Pues bien: Para mí sería imprescindible que tu y yo apliquemos nuestro mayor esfuerzo, afecto y recursos a la familia que fundaremos, y que sólo apliquemos al resto, la energía, afecto y recursos excedentes.»

Sin importar su sexo, usted puede opinar sobre este planteo porque podría ser formulado por cualquiera.

Es inteligente dedicarle el esfuerzo, afecto y recursos a la vocación que más nos guste: economía, baile, jardinería, comercio, etc., etc..

En el mejor de los casos, hasta podemos obtener de ella los ingresos económicos necesarios.

Sin embargo, no parece inteligente que dediquemos esfuerzo, afecto y recursos a realizar lo que otros querrían que nosotros hiciéramos.

Los que estudian inglés suelen hacerlo por un prejuicio que padecemos los hispano-parlantes.

En varios artículos (1) les he comentado que el lenguaje es una herramienta esencial para nuestro desarrollo intelectual y social.

Conclusión : Con excepción de quienes tienen la vocación y el suficiente talento, quienes estudian inglés, llegan a la paradójica situación de que no tienen ningún idioma, pues desatienden el castellano y balbucean precariamente el extranjero.

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