jueves, 4 de abril de 2013

La cómoda imprecisión del lenguaje

 
La imprecisión del lenguaje nos ayuda a confirmar que los humanos adivinamos el futuro y que todo lo controlamos.

Para muchas personas es fácil informar que todo eso que ocurrió era lo esperado, previsible, obvio: «el choque de trenes sólo confirma la pésima administración de la empresa ferroviaria»; «esta lluvia torrencial era previsible porque ayer me dolían todos los huesos»; «nosotros ya sabíamos que estabas embarazada de una niña».

Según creo nuestro cerebro no maneja algunas cronologías, especialmente porque la psiquis lo ayuda a equivocarse.

La psiquis se parece a un político experto en justificar sus actos de gobierno de forma tal que siempre tenga razón y que nunca parezca equivocarse.

Ella, (la psiquis), funciona así porque está al servicio de que pasemos bien, de que disfrutemos de la vida, porque probablemente sepa que sufrir es inútil pues las cosas suceden por motivos ajenos a la responsabilidad de los humanos. Hasta nuestros propios actos son fenómenos naturales tan inmodificables como un terremoto o el cambio de estaciones.

Para disfrutar imaginando que tenemos libre albedrío y que podríamos controlar hasta la muerte, la psiquis nos ayuda provocándonos confusiones cronológicas de tal forma que podamos pensar que eso que ocurrió ya lo habíamos vaticinado, pero más aún, la psiquis nos ayuda a pensar que cuando la Naturaleza nos obliga a realizar cualquier acto podamos creer que esa fue una decisión tomada por nosotros con la suficiente anticipación y autonomía.

Según este punto de vista, los humanos entendemos la historia ubicando el conocimiento de los hechos que acaban de ocurrir como si hubieran sido pronosticados o decididos de antemano.

El lenguaje nos facilita mucho la tarea de pensar retroactivamente porque, por ejemplo, los vaticinios de Nostradamus son vaguedades que admiten cualquier interpretación, aunque nada supera en sabia imprecisión a los textos bíblicos.

Artículo de temática similar:

   
(Este es el Artículo Nº 1.848)


Los dos lenguajes imprescindibles




En el siglo 21 necesitamos conocer dos lenguajes: el castellano y el informático porque sin ellos no podremos ni vincularnos ni trabajar.

Un dicho popular nos aconseja diciendo que «la gente hablando se entiende».

Es un refrán que patrocina, publicita y sugiere el diálogo como procedimiento para resolver conflictos que surjan en la convivencia.

Este tipo de consejos genéricos, similar al saludo de moda que concluye con un «¡cuídate!», como si el instinto de conservación del otro fuera tan poco confiable que necesita un refuerzo publicitario, es un consejo genérico y voluntarista porque sugiere que todos, en cualquier momento y circunstancia estamos en condiciones de hablar para entendernos.

¿Qué ocurre cuando la gente necesita resolver sus diferencias pero no cuenta con la posibilidad de hablar porque casi no ha desarrollado una competencia lingüística en su propio idioma?

La solución alternativa a dialogar es la fuerza bruta, aplicada sobre sí mismo para renunciar a un interés legítimo que se pierde porque no se sabe cómo defenderlo o aplicada sobre el ocasional adversario, para lo cual existen dos formas de violencia:

a) La amenaza proferida con el escaso lenguaje disponible, o
b) El ataque físico para amedrentar, vencer, asustar, matar.

Desde el comienzo de este siglo 21, los humanos necesitamos disponer de dos lenguajes: el castellano, utilizable en las relaciones sociales, (familiares y laborales), y el informático, para saber cómo se usan los dispositivos más elementales como son las computadoras y los teléfonos celulares.

Aunque sería lindo pensar lo contrario, los humanos tenemos ciertas limitaciones para estudiar y acumular conocimientos.

El recurso más escaso no es la mente sino el tiempo que necesitaríamos para poder aprender el lenguaje materno (el castellano) y el informático, con el que podamos estar familiarizados con las soluciones tecnológicas presentes en cualquier trabajo o vínculo social.

(Este es el Artículo Nº 1.810)

Las ventajas de la certeza están en duda



 
Este artículo hace un alegato a favor de las dudas y en contra de las certezas.

Las señales de seguridad son admirables, bellas, seductoras.

Si en plena tormenta oímos que el capitán del barco emite un mensaje a los pasajeros y tripulantes en el que nos habla con voz serena, con lenguaje claro aunque utilizando términos que pertenecen a la jerga de los marinos, denotando que tiene toda la situación controlada, nuestra angustia desciende y le agradecemos íntimamente esa confianza que nos aporta tranquilidad.

Pero no solo en las peripecias más críticas agradecemos la presencia de alguien seguro, que sabe lo que hace, que no tiene dudas. En otras ocasiones también nos gusta presenciar los despliegues de profesionalismo, de sabiduría incuestionable, de certeza firme.

Por ejemplo, en un equipo de trabajo, quien más sabe y menos duda, más probabilidades tiene de ser el líder del grupo; en los paneles de discusión propios de los programas periodísticos, donde se debaten múltiples temas de interés, convoca nuestras miradas aquel que habla con mayor seguridad.

Sin embargo, esta predilección que tenemos los humanos por la seguridad sin fisuras no es un mérito sino más bien un resabio subdesarrollado que nos quedó de la niñez más ingenua.

Estar seguro de algo es fatal, calamitoso, destructivo de la evolución del conocimiento.

Esa fascinación por la ausencia de dudas mata el nacimiento de nuevas hipótesis que podrían favorecer nuevos avances, oportunidades, saberes.

La certeza aborta las nuevas ideas porque estas no tienen cabida; anula las características individuales pues uniformizan los criterios a fuerza de ser intolerantes con cualquier otra idea que la contradiga; la certeza favorece los dogmas, las ideas oficiales, el pensamiento único, las políticas absolutistas que dependen de las doctrinas y políticas monopólicas, tiránicas, antidemocráticas, que masifican a los ciudadanos despojados de todo poder.

(Este es el Artículo Nº 1.828)

viernes, 1 de marzo de 2013

Los golpes simbólicos (verbales)




Las palabras pueden golpear tanto o más que un puño cerrado. Existen «golpeadores» de ambos sexos que nunca golpean.

La antigua afirmación que dice «perro que ladra no muerde» tiene valor de metáfora, es decir, el uso más importante que le damos no es para explicar la trivialidad de que esos animalitos no pueden usar sus fauces para dos cosas a la vez, (si ladra no muerde y mientras muerde no puede ladrar), sino para significar, por ejemplo, que cuando una persona amenaza, (ladra), es porque no piensa cumplir lo que expresa en la amenaza, (morder).

Pero veamos algo más importante aún: cuando el perro tiene ocupada la boca en ladrar NO PUEDE morder, con lo cual podríamos pensar que la mencionada afirmación metafórica dice algo más contundente: cuando alguien amenaza NO PUEDE cumplir su amenaza.

¿Esto significa acaso que la amenaza fue estéril, inocua, ineficaz? No, probablemente no lo fue.

Si bien el amenazante agotó su energía en pura amenaza, este mensaje agresivo produjo sus efectos en el amenazado.

Efectivamente, con excepción de los psicópatas, todos somos alterados cuando comprendemos que nos están amenazando.

Nuestra comprensión es importante porque si el mensaje nos llega en un idioma desconocido quizá no cumpla su objetivo de castigarnos.

Por lo tanto, cuando alguien profiere una amenaza suele perder la energía necesaria como para cumplirla, (quien dice «te daré un golpe» quizá se quede sin fuerza para propinarlo y cumplir su amenaza), sin embargo la intención agresora es bastante eficiente porque el amenazado se siente mal como si lo hubieran golpeado: se enoja, siente miedo, se preocupa, con lo cual «el golpe» simbólico (en forma de palabras, en forma verbal), cumple su objetivo provocando un malestar igual o mayor al que provocaría el golpe físicamente aplicado.

Conclusión: Existen «golpeadores» que nunca golpean.

Teatro humorístico (aunque no tanto) con Guillermo Francella y Cecilia Milone.
 
(Este es el Artículo Nº 1.824)

Es-tu-dios e inconsciente



 
Al estudiar hacemos un acto de fe para confiar en que seremos útiles, capaces, serviciales y que la suerte (Dios) nos ayudará.

En psicoanálisis creemos en la existencia de algo que llamamos «inconsciente».

Yo no creo que Dios exista porque nada de lo que puedo observar me aporta algún indicio de su existencia, pero mi psiquis encuentra muchos fenómenos cuya explicación depende de que exista ese tal «inconsciente».

En un esfuerzo por ser justo, creer en el inconsciente es tan irracional como creer en Dios, y sin apartarme de ese impulso justiciero, también puedo decir que ambas «piezas» imaginarias, (el «inconsciente» y Dios),  permiten que nuestras mentes funcionen mejor, disminuyendo el malestar de la incertidumbre, de la falta de explicación, del vértigo que podemos sentir cuando algo que nos ocurre se presenta de forma tan inexplicable que parece un fantasma terrorífico.

Creer en el inconsciente, en Dios, o en cualquier otro existente indemostrable, son prótesis para la mente que mejoran nuestra calidad de vida y esta condición justifica tolerar la irracionalidad.

Jugando con ambos conceptos imaginarios les propongo una hipótesis cuya veracidad es tan probable, o poco probable, como la del inconsciente y la de Dios.

Cuando estudiamos para algún día trabajar y ganar el dinero que nos permita tener una familia, lo que en realidad hacemos es un ritual por el que nuestra mente gana la confianza suficiente como para suponer que nuestra colaboración podrá llegar a ser tan valiosa como para que otros, (clientes o empleadores), nos paguen por ella.

El núcleo de esta hipótesis es lingüístico.

Los «estudios» nos dan esa confianza, entre otros motivos, porque la expresión dice «es tu Dios».

Conclusión: Al estudiar hacemos un acto de fe para confiar en que seremos útiles, capaces, serviciales y que la suerte, (Dios), nos ayudará.

Otra mención del concepto «es tu Dios»:

 
(Este es el Artículo Nº 1.783)