domingo, 26 de enero de 2014

Generalizar es bueno y también es malo


La metonimia es un funcionamiento mental que nos amplía los conocimientos, pero que también nos induce a generalizar erróneamente.

Quienes me conocen están de acuerdo en que tengo varias obsesiones que me mantienen alejado de algunas ideas  tan perturbadoras que prefiero desconocerlas distrayéndome con estas obsesiones.

En este sentido soy normal: todos los obsesivos se abrazan a ideas fijas para concentrar la atención y no percibir cosas desagradables.

Una de mis obsesiones refiere a la metonimia. Este fenómeno lingüístico y mental consiste en designar a un objeto mencionando alguna de sus características, o a la causa o al autor.

Ejemplos: «Fulano, ya peina canas». Es una manera de decir que Fulano entró en la vejez, pero mencionando tal solo una característica de su cabello; «Fulana se vio afectada por un exceso de sol», en vez de decir que se vio afectada por el exceso de radiación solar; «Mengano compró un Picasso», en vez de decir que compró un cuatro pintado por dicho artista.

Esta forma de funcionar de nuestro cerebro quizá sea valiosa porque nos permite ampliar nuestros conocimientos a partir de experiencias singulares. Por ejemplo, si tropezamos con una piedra, por metonimia pensamos que todas las piedras podrían hacernos caer y de esa manera el aprendizaje mediante las experiencias se ve potenciado.

¿Cuándo la metonimia puede convertirse en un funcionamiento contraproducente? Cuando, por falta de conocimientos, generalizamos indiscriminadamente. Por ejemplo: no todas las piedras serán causa de nuestra caída sino aquellas que estén en nuestro camino, que además no hayamos visto y que sobresalgan lo suficiente.

Durante nuestra niñez y adolescencia recibimos mucha información generadora de metonimias porque carecemos de conocimientos suficientes: si nuestro padre nos rezonga, pensamos que dejó de querernos para siempre; si una chica nos rechaza, nunca tendremos hijos; si somos pobres, siempre lo seremos.

(Este es el Artículo Nº 2.090)


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domingo, 1 de diciembre de 2013

Las religiones aportan reconocimiento social

  
Ser  abogado, alfarero, diseñador o católico implica otras ventajas que se suman a la utilidad principal: SER socialmente reconocido.

Este artículo es continuación de otro (1) en el que, básicamente, decía que para los humanos no alcanza con que sintamos estar vivos cuando observamos las actividades biológicas de respirar, ir, venir, hacer cosas, también necesitamos el reconocimiento social, precisamos SER para los demás.

Para acceder a esta segunda constatación de existencia buscamos poseer características que nos identifiquen públicamente y, en el mencionado artículo, hacía mención a los esfuerzos que hacemos para acceder a un título y ponía como ejemplos los de abogado, alfarero o diseñador.

Por lo tanto, para poder satisfacer esa necesidad de sentirnos reconocidos socialmente como existentes, apelamos al estudio: con los estudios logramos que alguna entidad educativa nos provea un título que servirá, directamente, para confirmar oficialmente que SOMOS abogados, alfareros o diseñadores.

Aun reconociendo que no es un argumento serio para la mayoría de las personas, es preciso que lo diga: la palabra estudios es, en nuestro idioma, la yuxtaposición de otras tres palabras: ES TU DIOS.

Si usted tolera este debilitamiento de la racionalidad como para admitir que dicho fenómeno lingüístico tiene alguna influencia en nuestra vida como hispanos (pues la palabra «estudios» no es la suma de otras tres en los demás idiomas), avancemos otro poco.

Para poder decir «Yo SOY católico», (o adherente a cualquier otra religión), necesito hacer menos esfuerzo que para decir «Yo SOY abogado, alfarero o diseñador».

Por lo tanto, esta forma de conseguir el reconocimiento social es la más económica, la más accesible para quienes no pueden hacer un esfuerzo mayor.

Reconozcamos que ser  abogado, alfarero, diseñador o católico implica otras ventajas, (laborales, religiosas), que se suman a la que, como digo,  probablemente sea la principal: SER socialmente reconocidos.


(Este es el Artículo Nº 2.088)



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Relación entre vivienda propia y salud


En nuestro idioma están lingüísticamente asociados conceptos tan dispares como las enfermedades de mal pronóstico y la vivienda propia.

En otro artículo (1) les comentaba que, desde cierto punto de vista, las personas funcionamos con si fuéramos palabras cuya definición está compuesta por todas las opiniones que genera nuestra existencia.

Si esto fuera aceptable, como intenté demostrar en el mencionado texto, las palabras de nuestro idioma tienen una influencia especial en nuestra forma de ser, en nuestras creencias, en nuestras decisiones.

Claro que, así como en nuestra conciencia no está la idea de que somos palabras tampoco está la influencia que tienen las palabras en nuestra vida.

Todo lo que tiene que ver con el lenguaje funciona, según el presente punto de vista, a nivel inconsciente, esto es, funciona sin que lo sepamos, sin perjuicio de lo cual podemos elaborar hipótesis como estas cuya utilidad práctica también operará a nivel inconsciente.

Veamos el caso que justifica este preámbulo.

La palabra desahuciar (2) tiene los siguientes significados:

1 — Quitar a uno toda esperanza de conseguir lo que desea:
siento ser yo quien te desahucie de tus fantasías.

2 — Considerar el médico que un enfermo es incurable:
le desahuciaron sin atender a más pruebas.

3 — Despedir el dueño de un piso, local o finca a su inquilino mediante una acción legal:
lo van a desahuciar por falta de pago.

Como vemos, la palabra desahuciar tanto significa un mal pronóstico para nuestras expectativas en general y sobre la evolución de una enfermedad en particular, como ser expulsados a la calle de nuestra vivienda.

Con esta particularidad de nuestro idioma nos explicaríamos por qué es lógica la convicción según la cual quienes no poseen una vivienda propia se exponen a múltiples infortunios, pues la eventualidad de un desalojo está, lingüísticamente, asociada a la salud.



(Este es el Artículo Nº 2.077)


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Las leyes intentan que seamos todos iguales

  
Los ciudadanos funcionamos como si fuéramos palabras y las leyes procuran que actuemos de manera similar, como si fuéramos sinónimos.

Para el psicoanálisis  las personas somos como somos dependiendo de cómo somos alcanzados por el lenguaje.

Lo digo de otro modo: usted y yo somos hispanos, hablamos un mismo idioma, pero, sin embargo, hablamos dándole a las palabras significados ligeramente distintos.

Además, en los diferentes pueblos, escribimos las palabras como indica la Real Academia pero las pronunciamos de manera particular.

Además, cada uno de nosotros, individualmente, evalúa las palabras según las emociones personales, los recuerdos, las asociaciones.

Además, y esto es lo importante, cada uno de nosotros funciona como si fuera una palabra a la que los demás les dan un significado personal. Por ejemplo: la palabra juanpérez significa:

— para unos “buen compañero, divertido, impuntual”;

— para otros significa “buen compañero, aburrido, celoso”;

— para otros significa “padre, severo, temible”.

El mismo señor Juan Pérez es como una palabra a la que los demás le asignan significados diferentes, que afectan al señor Juan Pérez en su vida social.

Por supuesto que, a su vez, el señor Juan Pérez tiene sus propias opiniones sobre los otros.

Como los demás también parecen palabras merecedoras de una definición, entonces Juan Pérez define:

— a su jefe diciendo que es «arbitrario, no tan malo como el anterior, emocionalmente inestable»;

— a su compañera matrimonial la define como «excitante, buena madre, celosa»;

— y a su hijo lo define como «adolescente típico, desordenado, cariñoso».

El señor Juan Pérez, con sus personales definiciones de estas personas, también está generando en ellas diferentes formas de participar en la sociedad.

Podemos apreciar entonces cómo esta actitud humana de definirnos recíprocamente genera una densa red de vínculos tejida con expresiones lingüísticas.

Las leyes procuran que actuemos de una misma manera, como si fuéramos sinónimos.

(Este es el Artículo Nº 2.094)


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‘Ser humano’ también es un título

  
Aunque estudiamos para desarrollar una vocación, estudiamos fundamentalmente para que la sociedad que integramos nos reconozca como SERES (humanos).

Si bien todos tenemos dudas sobre qué fue primero, si el huevo o la gallina, padezco una duda similar cuando me pregunto si los humanos actuamos como se nos ocurre —y luego describimos con palabras de nuestro idioma eso que hicimos—, o por el contrario, es el lenguaje el que nos obliga a realizar ciertas acciones.

Me explicaré de otra forma:

Cuando estudiamos hasta terminar una carrera de abogacía, alfarería o diseño, podemos decir ante los demás, sin que nadie tenga derecho a contrariarnos: «Yo SOY abogado», «Yo SOY alfarero» o «Yo SOY  diseñador».

Mi duda está en si alguien estudió lo que estudió porque le gustaba, porque se le ocurrió, porque no tuvo nada mejor para hacer o, por el contrario, estudió lo que estudió porque necesitaba poder decir, sin que nadie tuviera derecho a contrariarlo, «Yo SOY (abogado, alfarero o diseñador)».

Aunque parece obvio que todos estudiamos porque se nos ocurre, (para lo cual decimos que estudiamos según nuestro libre albedrío), es admisible la suposición de que estudiamos, en primer lugar, porque necesitamos SER ante los demás, necesitamos ser reconocidos, porque a pesar de que nos sentimos con vida anatómica, algo nos lleva a buscar el reconocimiento de nuestro semejantes dentro del colectivo que integramos.

Como no creo que seamos tan libres como para hacer lo que se nos ocurre, tiendo a pensar que somos seres gregarios, que dependemos en gran medida de sentirnos integrantes de algún colectivo (familia, equipo deportivo, nación).

Si esto fuera cierto (que somos profundamente sociales y escasamente autosuficientes), entonces, cuando buscamos una identidad que los demás nos reconozcan, lo que hacemos es un esfuerzo para SER (abogados, alfareros, diseñadores). Necesitamos titularnos como SERES (humanos).

(Este es el Artículo Nº 2.087)


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martes, 5 de noviembre de 2013

La avaricia defensiva


Quien nos dificultan ganar el dinero que necesitamos quizá lo hagan por un tipo de avaricia que necesitan para sobrevivir.

Porque mi cabeza funciona así, este artículo está vinculado a otro (1) que publico hoy.

Cuando intentamos ganar el dinero necesario para satisfacer las necesidades y deseos cotidianos, nuestros y de las personas cuya calidad de vida está bajo nuestra responsabilidad, solemos encontrarnos con personas que tienen mucho dinero pero que, sin embargo, son:

Avaras,  tacañas, mezquinas, cicateras, miserables, roñosas, agarradas, usureras, sórdidas, avarientas, interesadas, egoístas, estrechas, ruines, materialistas, pancistas, utilitarias, aprovechadas, económicas, ramplonas, prosaicas, bastas, groseras, toscas, bajas, chabacanas, pedestres, triviales, insulsas, etc.

Estas 29 maneras de calificar a quienes gastan menos dinero del que tienen, que son menos generosos de lo que podrían, que acumulan exageradamente su riqueza, nos hace pensar que tal condición es preocupante y que nos molesta porque nos angustia.

Dicho de otro modo: que en nuestro idioma tengamos que simbolizar de 29 maneras a una misma condición indica que esa condición es inquietante, perturbadora; si no lo fuera, quizá le dedicaríamos dos o tres sinónimos, como para evitar las molestas reiteraciones cuando la describirnos.

Ahora propongo una explicación de por qué alguien adolece de esas 29 dificultades:

Aunque la mayoría tenemos que rompernos la cabeza y la espalda para conseguir el dinero imprescindible, otras personas lo consiguen sin tanto esfuerzo, les llega sin que lo busquen: herencias, rentas, prosperidad.

En el otro artículo publicado hoy les comento que necesitamos no agotar nuestros deseos porque eso sería poco menos que la muerte inminente: la vida depende de que conservemos algunas necesidades y deseos pendientes de satisfacción.

Quienes adolecen de esas 29 características luchan por no quedarse sin deseos; son austeros, disciplinados, espartanos, sobrios, frugales, por temor a quedarse sin deseos por un exceso de satisfacciones.


(Este es el Artículo Nº 2.040)


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¿Y el postre? (relato de ficción)


Fue despertado por el hambre. El hambre y el calor del sol. Terminó de despertarlo una ensordecedora gritería con ruidos de máquinas amarillas.

Después se dio cuenta que el olor nauseabundo era insoportable. Atinó a taparse la nariz, pero su mano también olía muy mal.

El cielo estaba despejado, aunque algunas nubes pastaban alejadas de su rebaño.

No había dormido bien; le dolían las piernas y los brazos. La cabeza parecía atornillada al suelo.

Comenzó a percibir con más claridad las voces y comprendió que hablaban en un idioma extraño. El ruido de las máquinas amarillas se acercaba.

Al poco rato se le desprendió la cabeza del suelo y pudo ver a su alrededor una enorme cantidad de gente tirada…, pero, ¡claro!, el olor provenía de esos cuerpos llenos de moscas. Estaban muertos, pudriéndose.

Al separar la cabeza del suelo, una cantidad de soldados, empuñando revólveres, llegaron corriendo. Cuando llegaron hasta él, uno le apuntó a la cabeza, otro gritó algo, se pusieron a discutir, estuvieron a punto de ultimarse a tiros. Claramente habían dos bandos, o por lo menos, dos opiniones sobre algo. Seguramente las opciones eran rematarlo o no rematarlo, de uno o de varios tiros en la cabeza.

Llegó otro gritando incoherencias, todos se pusieron firmes, hicieron un saludo militar, quizá el recién llegado hizo una pregunta, es obvio que le dieron dos respuestas distintas, el hombre hizo un gesto con los brazos, pronunció un breve discurso, los integrantes de ambos bandos bajaron la mirada y, el más comedido, piadoso, traicionero, adulón, o vaya uno a saber qué, ayudó al caído para que se levante.

Una vez en pie, sintió más dolores en las piernas, sintió mucha sed, pidió agua, nadie le entendió, hizo gesto de «cantimplora de la que se bebe», le entregaron un recipiente de cuero con un sorbo de agua tibia, y comenzaron a hacerle gestos de que se fuera, que huyera, lo empujaban, tomándolo por los hombros, lo hicieron girar sobre sus pies y lo orientaron hacia un bosque.

Un poco repuesto del extraño despertar, el hombre enfiló para el bosque y caminando cada vez más rápido, se internó en él.

Caminó, caminó, caminó, quizá siempre en la misma dirección, hasta que encontró una choza.

Gritó y apareció una mujer joven, lo saludó, le preguntó algo, pero el hombre no entendió nada, dio unos pasos hacia ella y se desmayó.

Cuando volvió a despertarse, estaba tirado en un catre, notoriamente recién bañado, con ropa limpia. En la pequeña habitación flotaba un aroma a comida que le recordó el hambre.

La mujer le hizo señas de que pasara a la mesa. Comió desesperadamente.

Antes de terminar de comer, llamaron a la puerta.

La joven corrió a abrir y se puso a hablar con alguien. Ella parecía asustada, quizá estaba pidiendo ayuda.

Finalmente entraron una cantidad de soldados enormes, los mismos que antes lo habían echado del campo de exterminio. Otra vez se pusieron a discutir entre ellos. Finalmente uno lo agarró por un brazo, lo llevó hasta la puerta y le hizo señas de que se fuera, ¡rápido! El hombre comenzó a correr sin entender nada. Estaba confundido, quizá deliraba, empezó a buscar una choza donde le sirvieran el postre.

(Este es el Artículo Nº 2.048)


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