viernes, 31 de agosto de 2012

La interrupción de los estudios por fidelidad




Es un signo de fidelidad conservar las tradiciones familiares. Muchos de quienes no pueden terminar sus estudios universitarios temen traicionar la tradición familiar.

La clase socio-económica a la que pertenecemos parece hereditaria porque así funciona: es probable que los hijos de los ricos, también lo sean, y así con cualquier otra categoría socio-económica.

Las culturas también parecen hereditarias porque los hijos de los árabes, tienen costumbres árabes, y así con las demás culturas.

Es relativamente fácil que adoptemos las costumbres y los objetivos de nuestra familia, desde pequeños aprendimos a pensar en lo que ellos piensan, tenemos una dieta parecida, practicamos similares creencias religiosas.

Supongo que el hábito de los hispano-parlantes de estudiar inglés como segunda lengua, obedece a un esfuerzo inteligente que han hecho los anglo-parlantes, aplicando su larga tradición colonialista. Aunque es una lengua que no me gusta, tengo que sacarme el sombrero ante la habilidad en su intento de convertirnos en malos anglo-parlantes como forma de hacernos admirar su cultura desde la subordinación que se produce inevitablemente ante quienes lo hablan a la perfección.

Es maravilloso y patético observar cómo los hispanos que estudian inglés, sienten una especie de actitud reverencial y avergonzada ante quienes lo hablan tan bien como nosotros hablamos el español.

Quiero comentarles algo más sobre cómo nuestro afán de progreso puede verse tan sutilmente desestimulado, como ocurre con la trampa del idioma inglés, que siempre nos convierte en discapacitados luego de pagar mucho dinero aprendiendo algo que nunca hablaremos tan bien como los nativos.

Me refiero a los títulos universitarios que no tienen antecedentes familiares. Queda bien enorgullecerse por la superioridad de los hijos, pero no es tan así.

Es un signo de fidelidad conservar las tradiciones familiares. Muchos de quienes no pueden terminar sus estudios universitarios temen traicionar la tradición familiar.

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miércoles, 1 de agosto de 2012

La pobreza identificatoria



En muchas familias existen normas de conducta tradicionales que reafirman la clase socio-económica a la que pertenecen generación tras generación.

Existen expresiones lingüísticas que tienen especial relevancia en nuestra comprensión.

Los refranes (proverbios) son los más comunes y abundantes. Lo que expresan parecen consejos, recomendaciones, verdades provenientes de algún lugar mágico, confiable, inapelable.

En las familias en las que se vinculan varias generaciones (abuelos, nietos, hijos, padres, primos, cuñados), suele tejerse una trama de certezas, afirmaciones, eslóganes, cuya veracidad no se cuestiona.

Los integrantes de esas familias parten del supuesto que para ser aceptados, deben repetir como propias esas «verdades» y guiar sus actos por ellas.

La riqueza y la pobreza son hereditarias, pero no necesariamente por razones genéticas ni por razones patrimoniales, sino también por razones culturales.

La importancia que tienen esas frases parecen indisolublemente unidas a los apellidos.

Una definición simple, poderosa, incuestionable puede decir, por ejemplo: (Los Pérez Rodríguez somos) «pobres pero honrados».

Si en una familia existe esta definición como identificatoria del linaje, es casi seguro que se sentirán orgullosos de ser pobres porque, al serlo, se sobreentenderá que también son honrados.

¿Qué ocurre en una familia con un «lema» identificatorio de este tipo?

— Seguramente una mayoría de integrantes mantendría sus ingresos controlados para nunca dejar de ser pobres;

— si alguno de ellos tuviera un importante golpe de suerte y recibiera un gran ingreso, algo tendrían que hacer para quitarlo del medio o el afortunado tendría que egresar del grupo familiar;

— si una persona rica quisiera entrar a ese grupo familiar, contaría con una fuerte resistencia de los demás integrantes;

— si, luego de cuidar que nadie deje de ser pobre, alguno de ellos cometiera algún acto que pusiera en duda la «honradez de los Pérez Rodríguez», muy probablemente tendría que ser expulsado por traidor.

(Este es el Artículo Nº 1.622)

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Estamos determinados para creer en el libre albedrío



Aunque permanentemente actuamos cumpliendo las leyes de la naturaleza, estamos determinados para creer que tenemos libre albedrío.

En las democracias representativas, los ciudadanos eligen a los gobernantes por voto secreto.

Quienes no saben a quién elegir, votan en blanco, es decir, no votan a nadie, aunque en los hechos sí están eligiendo, quizá a la opción que menos los favorece.

Como los votos en blanco no favorecen a ningún candidato, terminan beneficiando al que finalmente resulte ser el más votado. Por ejemplo, si diez ciudadanos tuvieran que elegir entre dos candidatos, la votación podría salir empatada si la mitad votan por uno y la otra mitad vota por el otro, pero si uno de los ciudadanos vota en blanco, estará tomando (sin saberlo) la gran decisión de evitar el empate, porque el escrutinio daría como resultado que uno tiene los cinco votos que había recibido frente a su contrincante que solo tiene cuatro, porque el voto en blanco queda fuera de juego.

En suma, lo que parece una actitud de no responsabilizarse, de lavarse las manos, termina siendo el acto de mayor importancia. Ese votante en blanco fue quien realmente eligió al próximo gobernante.

Sin embargo, como desde mi punto de vista determinista, no elegimos nada, no tomamos ninguna decisión, al igual que los demás integrantes de la naturaleza, somos actuados por las leyes naturales, ¿por qué digo ahora que ese votante en blanco fue quien realmente eligió al próximo gobernante?

Lo tengo que decir así porque todos pensamos (por razones culturales, especialmente lingüísticas) como si tomáramos decisiones. Decimos por ejemplo: «el perro no quiso comer», «hoy lloverá», «el viento tiró varios árboles». Como vemos, el lenguaje se expresa como si estos actores (perro, clima, viento) tomaran decisiones con aparente libre albedrío.

Estamos determinados para creer que tenemos libre albedrío.

Nota: Los artículos referidos al libre albedrío y al determinismo, se agrupan en un blog del mismo nombre.
 
(Este es el Artículo Nº 1.646)

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Somos payasos reprimidos



El humor desplegado por los payasos nos hace reír porque nos sorprende saber cómo somos personalmente sus espectadores.

Un rasgo que encontramos frecuentemente en la apariencia de los payasos, es la exageración. Usan zapatos y ropas mucho más grandes que su cuerpo y los colores del cabello, el rostro y la vestimenta, tienen tonos subidos, estridentes, llamativos, escandalosos.

Generalmente se dirigen a su público gritando, haciendo gestos extravagantes y repitiendo estereotipadamente algunos de ellos.

La exageración es uno de los recursos que encontramos frecuentemente en los chistes de los payasos y en casi cualquier espectáculo humorístico.

Este conjunto de cosas, están destinadas a provocarnos risa a gente de casi todas las edades. La genialidad del artista incluye emocionar a personas de muy variado sentido del humor, cultura, lenguaje.

Según parece, el humor, la risa, lo gracioso, es el resultado de una sorpresa por algo que no debería asombrarnos y que, para ser muy breve definiría así: «¡No puedo creer que ese sea yo!»

Nuestras mentes se manifiestan por el resultado final (resultante) de dos fuerzas: un impulso instintivo y una represión cultural.

Generalmente no sabemos cuál es uno y cuál es otro, pero podría sugerir que el payaso nos muestra cómo es nuestro instinto parcialmente liberado de la contención (freno, represión, vergüenza).

Por ejemplo, nuestra piel funciona como un envase, un continente, un forro. Ella se ajusta perfectamente a nuestro cuerpo. La vestimenta normal también se ajusta cómodamente a nuestro volumen. El payaso, con ese atuendo más grande que lo habitual, nos sugiere que los rasgos culturales que nos obligan a vestirnos (para no andar desnudos), están parcialmente distendidos.

Otro ejemplo: la conducta, el respeto, la moderación en nuestro desempeño social, es parcialmente transgredida por el payaso, para hacernos reír de cómo seríamos si fuéramos más atrevidos, groseros, temerarios.

(Este es el Artículo Nº 1.642)

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¿Es posible comunicarse?



El fenómeno de la comunicación promete más de lo que logra. ¿Es posible comunicarse? ¿Cuánto podemos saber de los demás?

Cuando decimos «Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato», también estamos diciendo «Los demás difícilmente sepan dónde me aprieta el zapato».

El valor metafórico de este refrán nos informa sobre un tema referido a las dificultades en la comunicación: «Lo que yo sé difícilmente puedas saberlo», o «Lo que yo estoy sintiendo te resultará incomprensible»; o «Las ideas que tengo dentro de mi cabeza no pueden estar también en la tuya».

La intención de todo esfuerzo comunicativo consiste en hacer una transferencia de los contenidos mentales (pensamientos, emociones, sentimientos) de una mente a la otra. Intentamos hacer esta transferencia mediante el lenguaje, los gestos, gritos, llanto, cambios de color (rubor, palidez).

El refrán que alude a las molestias del calzado es un buen ejemplo pero intentaré usar otro que acomode mejor a lo que procuro trasmitir.

Alguien me pregunta: «¿Cómo te va, Fernando?» y yo respondo: «Bien ¿y a ti?»... a lo cual el otro ya no me responde porque tampoco se interesó por conocer la respuesta a su pregunta.

Acá ya tenemos una primera forma de incomunicación. Existen preguntas que no están inspiradas en lo que todos imaginamos que significa una pregunta: la curiosidad por saber algo, el deseo de aclarar una duda, el interés por disponer de cierta información.

Si el interlocutor realmente quiere saber cómo estoy, escucha que mi respuesta es «Bien, ¿y a tí?», pero nota que mi cara demuestra que estoy engripado y con fiebre, de donde el interlocutor deduce: «Está mal pero no quiere reconocerlo», «Está enfermo pero no quiere hablar de eso conmigo», «¡Qué mala cara tiene Fernando cuando está bien!».

En suma: ¿Es posible comunicarse? ¿Cuánto podemos saber de los demás?

(Este es el Artículo Nº 1.638)

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La sencillez que se complica al ser observada



La sexualidad humana es complicada para los mismos humanos porque tenemos que observarla haciendo uso de un lenguaje impreciso.

En otro artículo (1) afirmo que la sexualidad es sencilla e intento fundamentar esa afirmación diciendo que somos una especie mamífera como cualquier otra. Sin embargo, el resto de mis artículos se dedican a describir, proponer hipótesis y tratar de entender por qué, a pesar de ser tan sencillos, no logramos entendernos.

Precisamente, refiriéndome a los vínculos incestuosos en otro artículo (2), debo reconocer que podría aceptar una teoría para explicar la relación madre-hijo pero excluyendo las otras formas de vínculos incestuosos.

En el referido artículo (2) hago mención a la relación incestuosa que puede establecerse entre la hija y su madre.

Guiándome por lo que suele verse en las películas pornográficas (material de estudio al que la ciencia menciona pocas veces como fuente de información respetable), observo que se repiten las escenas de lesbianismo en el que las mujeres se complacen mutuamente besándose sobre todo en las zonas erógenas: vagina, ano, boca, senos.

Sin dejar de aceptar la hipótesis de que el único «vínculo incestuoso» sea el acto de penetración vaginal por el que el varón intenta volver al útero materno, podría también aceptarse que la sexualidad oral constituye un intento de entrar (con la lengua en vez del pene) en el cuerpo de la madre, fantaseando con satisfacer el inconsciente anhelo de volver a la vida intra-uterina.

Seguramente estas disquisiciones le quitan cualquier rasgo de sencillez a la sexualidad humana. La principal fuente de complejidad surge de una mente que intenta verse a sí misma, con un alto grado de subjetividad, careciendo de una distancia emocional mínima para que la observación, (auto-observación, en este caso), pudiera ser confiable y que solo puede pensar con palabras de múltiples significados.

   
(Este es el Artículo Nº 1.635)

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Las palabras condenatorias



La sociedad utiliza palabras para calificar, bautizar, diagnosticar condenatoriamente a los ciudadanos que quiere apartar, expulsar, desterrar.

El instinto de conservación es el gran proveedor de energía para todas las reacciones defensivas que se activan cuando alguno de nuestros cinco sentidos percibe algo que nos pone en estado de alerta, haciéndonos sentir temor, miedo, pánico, terror, desesperación.

Este «apronte angustiado» es temible en sí mismo. Si le tenemos temor a ser mordidos por una víbora, también sentimos temor a sentir temor.

Durante esas etapas previas a la presencia del peligro real, cuando imaginamos que corremos riesgo de sufrir, nuestra cabeza busca soluciones accesibles y una de las primeras en aparecer son las soluciones mágicas, junto con las de huir o agredir.

Las soluciones mágicas solo procuran aliviar la molestia que causa el miedo aunque quienes las utilizan creen que tienen eficacia real (neutralizar el peligro). Las (supuestas) armas de este método defensivo son las palabras mágicas, los conjuros, los rezos.

Como muchos peligros son imaginarios (por ejemplo, la víboras no huyen por los rezos sino porque son huidizas), la creencia en el poder salvador de las palabras mágicas crece en confiabilidad y se trasmiten de generación en generación.

Existen fenómenos de este tipo que son más sutiles pero de consecuencias significativas.

Aunque todos somos potenciales o reales infractores de las normas de convivencia, solo utilizamos palabras descriptivas para designar esas faltas. Por ejemplo: (cometemos) mentiras, robos, evasión fiscal, entre otras.

Sin embargo, también utilizamos palabras condenatorias como, por ejemplo, mentiroso, ladrón, estafador para calificar, tipificar y «etiquetar» a los ciudadanos cuando queremos apartarlos, discriminarlos y castigarlos.

Como puede verse, aquellas palabras inofensivas se convierten en verdaderos estigmas, marcas, señales, que afectan de forma radical, definitiva e irreversible a quienes tienen la desgracia de ser «bautizados» por el colectivo que integran.

(Este es el Artículo Nº 1.622)

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